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domingo, 3 de julio de 2011

Compañera libertad

Aquella mañana la incomprensión no redundaba mis entrañas. Había pasado las últimas semanas vacilando entre si esperar un poco más o por fin marcharme. No lo soportaba más. Cada día sus estipulados comportamientos perseguían mis ansias por encontrar mi camino, defender mi propiedad, demostrar que no soy ningún error en ese árbol genealógico. Apenas salio el sol preparé mi maleta, cosas útiles, nada de excesos, algo de ropa, un par de cuadernos, manuales de supervivencia que nunca se escribieron, alguna fotografía de recuerdo, mis gafas, mi cámara, mi sonrisa y yo. Salimos en dirección a nuestro nuevo destino y, tan pronto como nos apeamos del autobús, al otro lado de la calle, allí estaba ella. Era la primera vez que nos cruzábamos. Admito que me sentía nervioso. Me temblaba todo, sostenía con tan sólo dos dedos mi bolsa, vacilaba entre dar el primer paso o correr de vuelta a la estación. Me asustaba, admito que sentirla tan cerca me asustaba astronómicamente, sin embargo también me incitaba a querer acercarme a ella.

Aquella mañana no lo pensé demasiadas veces. No me importó que todo lo que me rodeaba fuera nuevo, desconocido, arriesgado, perder o ganar no entraba en mis dudas. No podía volver atrás. No quería volver atrás. Me sentía entusiasmado. Me sentía capaz. Y no estaba tan solo como creía, la tenía a ella. Era nuestro comienzo. Era mi libertad.
Texto cortesía de Inma 

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